Origen
De niño, mi papá me llevaba al campo con sus estudiantes de antropología.
Eran ocasiones extraordinarias para poder escuchar a los campesinos, que normalemnte guardaban silencio y se mantenían desconfiados. Me acuerdo con exactitud de cada una de las visitas, el bus dispersando los grupos de estudiantes por las veredas.
La tarea era conseguir que alguien contara una de esas leyendas vivas. No era fácil. Los grupos llegaban a una de las casas, donde casi siempre eran recibidos por mujer e hijos, y ella mandaba a buscar a su marido inmediatamente. Cuando llegaba y se enteraba del deseo de escuchar sobre las leyendas de la región, decían no conocer ninguna. Había que entrar en confianza para que aceptaran.
No era fácil hablar de magia y misterio frente a un grupo de desconocidos en pleno día. Pero cuando lo hacían, algo extraño sucedía. Sus voces entrecortadas marcaban un ritmo propio y sus gestos retenidos señalaban lugares sagrados o marcaban acciones mágicas. De un momento a otro manejaban la palabra con gran propiedad.
La tensión contagiaba a casi todo el grupo. Ellos no hablaban de "leyendas", ni imaginaban sucesos. Ellos hablaban de hechos concretos, en los que el terror estaba marcado por la violencia. Era imposible de hablar de imaginario.
Y cuando sentían alguien esceptico cayaban y lo invitaban a volver a visitarlos a media noche.